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CAPÍTULO III. Amar, esperando la línea 13.

Saliste enojada, yo (una vez más) no sabía que era mi culpa, te fuiste muy rápido a la parada de la Línea 13, eran las 7 de la tarde, había mucha gente, y él 13 (como tantos otros) nunca viene a tiempo. Resultándome, esa corrupción de tiempo y espera, por única vez, en un beneficio desafiante de encontrar las palabras correctas, para la difícil misión de desenredar tu enojo, antes de que llegue el colectivo

Es que a veces, el deporte extremo de vivir en Paraguay, no es solo transitar en sus almas navegantes de molinete y timbre por los escombros asfálticos de sus avenidas atascadas, si no también, desafiarme día a día, a acallar los ruidos de mis viajes de calle y mente, para escuchar la simplicidad de tu alma, a través de tu capacidad de enojarte por cosas que nunca me doy cuenta a tiempo.

A veces, me pasan cosas que tenés que darte cuenta sin que diga nada. Me dijiste.

Increpándome a desarrollar esa casi imposible habilidad de quedar con la lámpara encendida de una atención particular, cual base de datos de pecados de palabra, acción u omisión que haya vulnerado tu frágil susceptibilidad a mis acciones.

Entonces, preso en esa necesidad impulsiva, de ver un poco de color, en tan daltónicas palabras de contra-respuestas tuyas, a mis intentos (errantes) de buscar entenderte con la misma “retórica” de siempre, de excusas y halagos estériles, buscando un poco de sol en tu rostro, desentendiéndome de lo nublado y cada vez más oscuro que se ponía, por culpa de mi búsqueda absurda de un diálogo ruidoso con pesada cuenta regresiva que llega a cero, apenas se escuche a lo lejos ese viejo motor, que me avise que el tiempo se me acabó.

  • A veces, las palabras no son necesarias, no alcanzan o simplemente están de más. Sentenciaste, derrumbando por completo, la improvisada construcción de mi argumento reparador.

Así, la potencia de tus puntuales palabras, dispararon a todo el ruido que me rodeaba, dejándolo todo en blanco, silencioso, explicando que el tiempo corre y golpea solo si uno lo vaticina en cada ansiosa actitud de llegar, antes que la luz verde se encienda… y el colectivo te lleve de mis esperanzas de calma compartida.

Fuente: fotociclo

Con el tiempo en pausa, regalándome un interior totalmente blanco, para no dejar que también se llene de gris por dentro, empecé a llenarlo de los vivos y explosivos colores de los primeros días, los “primeros todo” de nuestra historia…

Es que, enamorarse es irse a vivir a un mundo paralelo de tiempo distópico y circunstancias utópicas, con fuentes de felicidad tan simples de brotar, como una sonrisa compartida. Compartir esa estúpida complicidad de alegrarse, de coincidir en la causalidad milagrosa de la existencia.

Al principio, hablábamos poco, pero decíamos mucho, como esos diálogos silenciosos en los colectivos, que veíamos, antes de llegar a nuestro mágico punto de encuentro.

Ese lugar mágico, contigo, nunca fue un lugar fijo, nunca se necesitó una vista de fondo, de comodidades asfixiantes ni de circunstancias excepcionales, porque siempre, esa magia de encontrarse era donde las ruedas nos lleven y los pies nos encuentren.

Bien lo decía Mark Twain, relatando en su más célebre obra, haciendo una adaptación ficticia de las memorias de Adán y Eva, que, a Adán jamás le importo que hayan sido desterrados del paraíso, abandonados en la finita mortalidad, porque en sus propias palabras “para Adán el paraíso es donde estaba Eva”.

De repente, esa pausa volvió correr tras la imagen de él 13 ante mis ojos, ese tiempo que se puso en pausa dentro de mí, pero que nunca dejó de correr, se acabó… Te levantaste, formaste la improvisada fila para abordar el colectivo de tu destino.

No quería que termine así, no, después de los recuerdos que acaba de volver a reproducir… Así fuese por última vez, quería volver a ver tu sonrisa como el más memorable final.

Después de pagar tu pasaje, fuiste directo al fondo como de costumbre, me gustaba creer que hacías eso solo para regalarme un poquito más de tiempo, para verte antes de que el colectivo te aleje de mi vista. Me hizo sonreír por dentro, sonreír  el alma, pensar en eso y a la vez, percatarme que el único asiento libre era a tu lado, antes de que él 13 acelere y desaparezca.

Son pocas veces que hay una energía en tu interior, que actúa involuntariamente en tu nombre, esas energías me hicieron abordar el colectivo en movimiento, saltando por su puerta trasera, agarrándome equilibradamente mal de sus barras de acero oxidado y así sentarme a tu lado, sin que nada importe, ni que mi destino se encuentre en sentido contrario a su trayecto, ni que la noche ya abrazó las calles a donde se dirige.

Fuente: fotociclo

No dije nada por rato, traté de recuperarme del shock de mi propia acción; entendí que si tenía que hablar tendría que ser para entenderte, no para convencerte. Antes de que pueda hilar una primera oración, me sentenciaste:

  • ¿Qué pensas que haces? ¡No vas a cambiar nada!
  • No, ya no quiero cambiar nada, te respondí – tampoco tratar de entenderte, ni hacerte pensar diferente, ni que hables. Quiero estar sentado a tu lado, como antes, compartir por última vez un diálogo silencioso, que lejos de palabras, te expliquen mi deseo incansable de permanecer a tu lado sin importar cómo me trates, disculpándome de lo todo lo que te haya herido. Porque entiendo que mi felicidad está, en todo lo que me lleve a vos, y voy a ser feliz por el simple hecho de coincidir por mucho más tiempo, en esta existencia con vos.

Solté esas últimas palabras, desde el fondo de donde salen esas palabras que uno lleva atascadas mucho tiempo en el tracto emocional. No creí que te hicieran actuar en el momento lo dicho, pero sí, que con el tiempo pudieras considerarlo. Te quedaste callada, sin decirme nada… nada de  palabras.

De repente, tu respiración fue agitándose al mismo compás que el mío, después de estar en todo momento imperceptible, sentí tu necesidad de expresarme algo, me abrazaste, y hundiste tu cara en mi hombro… Podía entender cada palabra de lo que no podías decirme, pero sí expresarme… Sellamos ese diálogo silencioso, con un interminable beso inconsciente de las vistas escandalosas de los pasajeros, indignados y sorprendidos por tan explosiva demostración de amor, en el más incómodo de los lugares… los últimos asientos de un colectivo.

Nos quedamos abrazados, mirando las ventanas, los paisajes no tan recreativos de la ciudad, pero como ese espejo que arroja verdades, nos arrojó la mejor verdad del día, que al despedirnos, no hizo falta preguntar cual, ni si se necesitaban disculpas o se esperaban perdones, ni si fue el final de todo o el comienzo de un todo mejor.

El ruido de las calles se hizo color, la peligrosa noche una canción tranquila y el viaje improvisado pero compartido en la mejor oportunidad, de comprender satisfactoria misión de entenderte; así, luego de ir a pagar mi pasaje después de despedirnos, poder darme cuenta que a veces un pasaje en la dirección contraria, puede ser la mejor inversión de tu vida y, gracias a eso, hacer que lo difícil  de viajar en colectivo sea… una obra de arte.

Panorámica de Asunción. Fuente: fotociclo

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CAPÍTULO II. Sobre el dengue, epidemias, desgracias y sus culpables.

EL DIFÍCIL ARTE DE VIAJAR EN COLECTIVO

Esta semana cayó una tormenta, también cayó un trasganado encima de cuatro personas, falleciendo al instante; estuvimos en  pánico sobre un eventual virus propagándose a escala mundial; y vemos pasar indiferente una epidemia nacional de nuestro particular amigo, de cada verano húmedo, que no lo sentís, hasta que muelen tus huesos, le saludan a tus viejos o se llevan a tu niño.

De todo esto, lo único que no tiene culpa el hombre, es de la tormenta, dado que es un proceso común y hasta necesario de la naturaleza, pero de todo lo demás, tenemos, algo, poco y mucho que ver. Con los días, se sabrá quien tuvo la culpa del fatal accidente en el interior, si fue del camionero, o de los cuatro docentes que iban rumbo a cobrar sus respectivos salarios, tras otro largo enero que se resistió a terminar. Sea cual sea el resultado, el perito fiscal, no repara el dolor ni devuelve familiares de la otra vida.

También, esa epidemia de escala mundial que nos dio pánico y sobre todo exagerada desinformación, tienen como causa directa, el desastre sanitario de una ciudad en China, donde existía una suerte de  sucursal oscura del mercado más negro de ofertas “gastronómicas” de impensables animales a consumir, desatando miles de muertes, éxodos y cuarentenas históricas, y una actual emergencia internacional.

Por nuestra parte, en la isla rodeada de tierra de Roa Bastos, nuestros hospitales, apáticos al coronavirus todavía y ojalá siempre distante, ya tienen suficiente con llenar sus pasillos de emergencias con miles de personas, deseosas de volver a sus casas a reposar menos de un día de un resultado negativo, achacados solo por una fiebre esporádica. Pero no, mayormente van en busca de Pacetamol a la farmacia y hoja de mamón al patio, suero líquido, y ganas de los seis a siete días pasen en años perro.

Algunos de los reposantes, sobreviviendo la sentencia en silencio, reflexivamente, entendidos, que de esta epidemia, es culpable, en un porcentaje mínimo, un mosquito de mierda, pero, en mayor medida, las destacadas actividades de culto a la puerqueza, inmundicia y dejadez del colectivo paraguayo. Baldíos, riachos, casas abandonadas, estanques, vertederos improvisados y todo tipo de alojamientos de lujos totalmente gratuitos para esta epidemia que volvió una vez más, sapiente, al saber que, de voz para afuera vamos a gritar todos juntos por una solución y cura definitiva, pero que jamás nos vamos a juntar de manos para prevenirla desde una educación ambiental, que lejos de por fin parir como valor cultural innato, es abortado, en cada latita lanzada por la ventana por un viejo borracho, que exige su posición de respetar sus vicios, pero defeca en la dignidad del inundado a costa de su impune comodidad.

Es desde esa impunidad, instrumento preciado de la corrupción, que el hombre silencia sus errores, imprudencias y puerquezas. Esa impunidad, que se traduce en la rabia de reclamar y descargar todas las injusticias humanas, interpelando el actuar del señor borracho y sus latitas, deseoso, de que los diálogos silenciosos alrededor suyo, lo secunden, sin saber, que al igual que la comodidad de borracho, sería humillado ante su intento de justicia de conciencia, por la comodidad de la indiferencia que prefiere callar y seguir por el difícil arte, sin intentar nada, más que llegar a sus destinos, apurados, cansados y con la empatía nublada.

Me gusta creer, que esos viajes, de cada colectivo, existen diálogos silenciosos, que se cuestionan las mismas cosas que yo, que se plantean hacer algo diferente, que desean hacerlo, y que a pesar del miedo lo intentan y son parte de ese reducido porcentaje que va cambiando el mundo.

El país vive aplastado, por un terrible y pesado trasganado llamado corrupción, defendida por una ya casi invisible epidemia de impunidad. Sueño con que un día, esas cadenas de apatía colectiva se rompan, y destruyan esa corrupción que nos aplasta, que primero se limpien los criaderos de impunidad y luego de los mosquitos, que se encuentren más héroes y menos culpables y que día a día hagamos de este deporte extremo de vivir en Paraguay, una realidad un poco más llevadera y ya nunca más una actividad de vida o muerte.

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CAPÍTULO 0. El Difícil Arte de Viajar en Colectivo.

@fotociclo
@fotociclo Avda. Aviadores del Chaco

Nací en Paraguay, el “corazón de América” para los fantasiosos optimistas, para la realidad geopolítica: un frecuentado depósito tercermundista… País olvidado, olvidado hasta por los suyos, nostálgico de un ayer que jamás existió, salvo en las fantasías alentadoras hecha historias, contadas generación tras generación a un pueblo que necesitaba adormecer la triste realidad que les consumía.
Crecí y fui formado bajo la burbuja de esas historias que se impregnaban en mi subconsciente con máximas alentadoras como: ¡Somos el corazón de América! ¡Eramos potencia mundial! ¡Teníamos el primer ferrocarril! ¡La garra guaraní! ¡Vencer o morir!
A la edad de 13 años, me tocó descubrir que esas historias que me enseñaron, o eran mentiras o no del todo ciertas… Viajando en colectivo.
La razón de esta historia, no es ni va ser un espacio de reflexión de cómo desenvolverse en un medio de transporte público. No. Pará mí andar en colectivo no es usar un transporte público, sino más bien, la utilización de un instrumento de profunda reflexión y realización personal donde el ticket no es una garantía, si no el aviso de que todo debe y tiene que cambiar, donde el chófer al pasar por tu destino es sin saberlo nunca un verdugo inconsciente de tu ignorancia; el colectivo: la mente en sí misma que piensa mientras transita por las imágenes que pasan las ventanas como espejos desnudos que describen las mentiras que “aprendimos” con sus verdades que necesitan descubrirse y donde los pasajeros, atestados alrededor tuyo, son diálogos silenciosos, que socráticamente te ayudan a responder una y otra vez, de maneras distintas y cada vez más claras… ¿Por qué viajo en colectivo?

CAPÍTULO I. El Difícil Arte de Viajar en Colectivo.

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El colectivo (autobús, ómnibus, micro, bondi, buseta, lata, chiva, guagua; etc.) con sus diferentes nombres alrededor del mundo, sean técnicos o culturales; personalmente y a lo que hace a este espacio lleva como nombre: Instrumento de profunda reflexión y realización personal.

Los colectivos que me tocan en mi país, en su mayoría son ya un poquito antiguos, algunos se encendían, otros se les sale volando una, dos o todas sus ruedas, otros chocan, destruyen, matan y recuerdan que esos cacharros, si uno se fija en sus espejos que muestran sus verdades (ventanas) tienen etiquetas con descripciones en portugués, ya que esos instrumentos de reflexión y realización (colectivos) vienen tirados (importados) del Brasil a nuestro deposito tercermundista (Paraguay corazón de América). Sí, desde ese mismo país, que aniquiló con su ejército amazona a nuestros hombres y niños y violaron a nuestras mujeres en la guerra grande del 70, país que volvió en el siglo siguiente con sus militares a construir en nuestro territorio la hidroeléctrica más grande y potente del mundo que bajo el descarado concepto de la binacionalidad sacaron la tajada más grande a su favor, país que, salvo un “milagro diplomático” el 2023 se llevará a su casa los mismos provechos robados estos 50 años.

Hace unos años llegaron los nuevos e “innovadores” colectivos diferenciales, climatizados, inclusivos, desafiantes, cada uno adquiridos con cifras dos o tres veces más de su valor real. Nuevos instrumentos de profunda reflexión y realización que al día de hoy, sus amortiguadores alivianan menos que una caída sobre mármol, los golpes de los amables baches de la república, donde, los aires acondicionados no se han limpiado desde su inauguración y que a falta de un estornudo griposo más, dejan el aire encerrado igual de contaminado que un parque de diversiones en Chernóbil.

Son bajo esos dos tipos de instrumentos de reflexión y realización que este difícil arte se desarrollará; tendría que existir un tercer instrumento: llamado metrobus, pero hasta el día de hoy, de ese metro, no hemos visto ni la mitad de un centímetro, tan solo, cemento desechado en medio de una avenida (la más frecuentada y reflexiva de todas) que sirven para playa de autos, venta de asaditos (condimentadas con humo de motor y asfalto en estado gaseoso) y todo inimaginable servicio comercial-callejero a lo que en promesas políticas se hubiesen prometido.

Viajar en colectivo es entender mi país, para entender Paraguay se debe de viajar en colectivo, yo recomiendo hacerlo en los normales, los de (a fecha de esta publicación, porque siempre sube y nunca baja) 2400 guaraníes (0,37$)  para entenderlo en su cara más viva.

Si es necesario, para que la experiencia sea mucho más real, profunda e increíblemente reveladora, recomiendo el uso de ese instrumento en dos diferentes momentos: un lunes a tempranas horas en la ciudad de San Lorenzo, ciudad que para los efectos de estos relatos se convierten en el embudo oxidado, por el que las revelaciones más profundas tienen que parir, cual mayéutica socrática con los diálogos silenciosos (pasajeros atinados) que solo bajo ese viaje en sí mismo de sus propios pensamientos, apaciguan la lacerante llegada a sus destinos de trabajo y/o estudio; y de tarde-tardecita, saliendo de la capital, por intermedio de la Avenida Eusebio Ayala, madre de avenidas, de revelaciones, de angustias, sudores, insolaciones y momentos que realizan.

Cada ciudad, zona o pueblo tiene su propia línea de colectivo, con números que algunos no recuerdan nunca al momento de esperarlo y otros se saben mejor que el nombre de su madre, números como el 13,19, 20, 21, 27, 29, 57; etc. Los cuales a su vez, tienen nombres, ya sea de la empresa que la explota o la ciudad de donde procede, la mayoría de las veces precedida por el artículo “El” o “La”  casi como dándole vida a esos instrumentos, nombres como El Loma Grande, La Villetana, El 3 de Febrero, El 27, La Línea 1… Con el tiempo, es más es muy fácil saber dónde nos llevan cada uno de ellos… Todos se encuentran en hora pico.

Además, de sus nombres y números algunos reciben apodos y motes, como la Línea 27, la furiosa y kachafa (desvergonzada) línea de motores puestos a trabajar al máximo consiguiendo velocidades suicidas. Otras, no tan conocidas, como la Línea 13, la llamo curiosamente la línea exitosa, ya que el nombre de la empresa es “La conquista” y su trayecto principal es por la Avenida de “La Victoria” y la calle “R.I. 18 Pitiantuta” calle nombrada en honor a aquellos oficiales combatientes de la Guerra del Chaco, que en 1934 bajo una exitosa maniobra de combate recuperaron uno de los fortines más importantes y dieron paso a la compleja, analizable pero celebrada victoria paraguaya.

En fin, todas esas líneas con diferentes números, nombres, apodos, motes y datos curiosos, tienen algo en común, todas ellas arrojan historias, relatos, reflexiones, verdades y desafíos que construyen un nuevo esquema en tu subconsciente, que a partir de la lectura y reflexión de cada una de ellas en los siguientes capítulos, puede que ya no lo vean como un medio de transporte más, si no a ese instrumento que arroja verdades, verdades que curan o hieren, pero enseñan… enseñan lo curioso de sentir y vivir lo complicado de entender… “El Difícil Arte de Viajar en Colectivo

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